Homenaje a Gustavo Roldán

imagesA un año del fallecimiento del autor que supo reinventar la literatura infantil argentina y que nunca se cansó de visitar escuelas y bibliotecas para contarles a los chicos historias atrapantes de animales pícaros y paisajes de campo abierto, les acercamos el recuerdo de sus pares, los escritores. En esta nota, las palabras de Oche Califa, Mempo Giardinelli y Ema Wolf.

¿Habrá hoy un momento de silencio en el interior profundo del monte chaqueño? ¿Lo harán el sapo, el quirquincho, el tatú? O tal vez lo propongan los bichos colorados, y hagan caso los piojos, las pulgas, algún zorro, los ñandúes. Quizás también se acerquen los pájaros. Todos los protagonistas de la obra literaria de Gustavo Roldán, para quien lo importante era “escribir textos donde la cantidad de años que tenga el lector no sea más que un accidente, como el verano o la lluvia o el frío”, según afirmaba en su autobiografía.
“Con su escritura, Gustavo reposicionó el lugar de aquella narrativa cuyas fuentes están en el folclore y la trasmisión oral. Es una literatura que cuando se lee, uno cree estar oyéndola. Esto indica, además, que en quien escribe está presente el lector o el supuesto o real auditorio; no lo hace para su exclusivo deleite. Es una literatura que siempre gustará porque se siente fresca y porque puede tocar varias cuerdas a la vez: la aventura y el humor, la picardía y la enseñanza. Por esto mismo, lo de él tenía un aire rural y provinciano que no era frecuente en su generación y en la actual”, aseguró el escritor Oche Califa.
“Roldán es uno de los nombres consulares de la literatura para niños en la Argentina. Junto a María Elena Walsh, Graciela Cabal y Laura Devetach, Gustavo forma parte de una generación excepcional. Fueron los pioneros”, indicó Mempo Giardinelli, quien al ser consultado sobre por qué recomendaría la lectura de sus cuentos en las escuelas, precisó: “Por su imaginación, que supo dar vida al monte chaqueño de un modo muy personal y apreciado por chicos y chicas. Gustavo tenía un conocimiento de esa fauna que se nota en lo genuino de sus historias”.
Es que en sus relatos, la naturaleza se sentía a través de los poros: “el río de aguas marrones corría bordeado por las sombras de los árboles. Pequeños remolinos jugaban con las hojas que caían bailoteando en el aire. Y un rumor de abejas flotaba en la tarde”; escribió Roldán en su cuento “Un monte para vivir”, una historia en la que el mono, el coatí, el quirquincho y la pulga son capaces de desafiar al tigre que quería imponerles temor y apropiarse de sus tierras.
“Gustavo aportó desparpajo, gracia. No concebía la literatura educativa, tributaria de las instituciones que “moldean las frágiles almitas”. Por suerte, empezó a escribir antes de que se inventara la corrección política; estimo que nunca llegó a enterarse de qué era eso. El haber quedado fuera de esa zona restringida, le permitió acertar y equivocarse: las dos únicas cosas que tienen sentido, cuando uno escribe”, señaló la escritora Ema Wolf.
Recuerdos personales
La voz de Roldán permanece en los más de setenta libros que dejó publicados. Por citar algunos, “El día de las tortugas”, “Historia de Pajarito Remendado” -que dio lugar a la colección que lleva el mismo nombre-, “El carnaval de los sapos”, “Prohibido el elefante”, y “Todos los juegos el juego”, entre tantos otros.
Pero también están quienes tuvieron la dicha de conocerlo en persona y atesorar entre sus recuerdos una historia suya, alguna anécdota compartida, un momento que pueda atravesar el tiempo y el espacio para hacerse presente.
“Mi primer libro publicado fue en una colección que él dirigía. Con eso podría decir todo. Sin embargo, no puedo olvidar que cuando nos sentamos uno junto al otro en un almuerzo de fin de año, poco antes de su muerte, al despedirnos él me miró y me dijo: “Qué suerte, Oche, que viniste, qué gusto poder charlar un rato con vos”. Me quedaron estas palabras porque no las esperaba. Hubiese supuesto un chiste mordaz de despedida o un nos vemos en la próxima. Es más, no solo recuerdo las palabras, mientras escribo esto puedo ver su cara de genuina alegría diciéndolas”, contó el autor de “La vuelta de Mongorito Flores”, “Esqueleto final”, “Cuatro o cinco vueltas por el mundo” y “Canciones sin corbata”, entre otros libros.
“Recuerdo su emoción y alegría de la noche en que lo homenajeamos en el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, que organiza nuestra Fundación en Resistencia. Ante mil personas que lo aplaudían de pie, jamás le vi los ojos con tanto brillo. Y su lectura esa noche fue memorable”; precisó el escritor Mempo Giardinelli.
“Visitamos escuelas por los mismos años. Cuando yo llegaba, él ya había dejado en el aula un tendal de bichos y, últimamente, sus pruebas de magia. Los chicos estaban encantados. Los de zonas rurales, supongo, porque les hablaba de lo que él y ellos tenían en común, lo que conocían, y que otros autores ignorábamos. A los chicos de ciudad se los ganaba contándoles aventuras de animales exóticos, como los sapos”, rememoró Ema Wolf, quien además destacó: “Gustavo fue el único vozarrón de la literatura infantil. Muy útil cuando había que discutir con el editor de turno porque no nos pagaba”. (Extraído de http://www.planlectura.educ.ar)
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